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Yolanda Bedregal
OBRA - POESIA - NADIR

NADIR (1950)

OTOÑO DE TUS PARQUES NUEVA YORK

¿Quién ha cantado, Nueva York, la ternura de tu parque en otoño?
¿Quién escuchó el crujido de tus besos dorados
cuando el árbol escuálido dejaba caer sus hojas
bruñidas en la fragua del vientre de la roca?
¡No es cada hoja que cae un pensamiento tuyo?
Ciudad, por qué te miran las gentes con asombro
como si fueras monstruo de millonarios ojos?
¿Por qué todos te buscan en la ascensión del hierro
y nadie en la ternura de tu parque en otoño?

Caminé solitaria tus grandes avenidas,
olvidando tu adusta estructura metálica,
sumisa solamente al suelo en que yergues;
tenías tal nostalgia de una mirada humana
que el suelo sonreía sintiendo que lo amaba.
Será tal vez por eso, ciudad de Nueva York,
que te he sentido mía, como a un hada madrina
cuando, al cruzar tus parques me seguían las hojas
con un rumor profundo, mudo entre los ruidos,
callando su congoja de fracasados soles.

Ame tu pasto mustio cuando soplaba el viento
de los primeros fríos en caída vertical.
Amé las filas secas de los desnudos troncos
que parecían niños hambrientos en la casa
de un potentado avaro, o ateridos obreros
en la huelga obligada de los días sin pan.
Ciudad, ¡cuánto te quiero pensando en tu neblina!
Es así como eres más íntima y más tú,
con los ojos cerrados frente a un cielo naranja,
mandando tu mensaje al Río en que se acuna
la movediza lágrima del humano existir.
Ciudad, yo te conozco porque besé tus pies
en el pasto amarillo de tu Parque en sordina.

Ciudad, yo vi a tus árboles escribir jeroglíficos
en la página abierta del cielo blanquecino
finos trazos oscuros de signo terrenal
y oí entonces el canto litúrgico de seres
que en procesión solemne moraban en tu entraña.

Yo vi en tus muelles fríos flotar los grandes barcos,
y hasta el ala más alta de franjas y de estrellas,
desde el agua, subía tu corazón oculto;
y fue sólo la sombra de mi mano en adiós
que acarició la quilla preñada de tu viajes.

Vi tus puentes saltando la turbulencia humana,
telarañas gigantes de la meditación.

He escuchado en la noche tu íntima voz henchida
de un aliento caliente como un pecho que sueña.
Me he sentido pequeña entre tu red de luces
(pero estaba Aladino conduciendo mis pasos)
y tú me dabas sombras, reflejos, multitud, soledad.

¡Nueva York, ciudad íntima, cómo supe yo amarte
en rincones lejanos donde tú eres más tú!

¿Quién ha cantado, Nueva York, la ternura
del otoño en tus parques?
Dame esa voz-amiga para seguir nombrándote
ceñida contra el noble moverse de tu Hudson.
Dame esa voz-amiga para seguir nombrándote
en las resecas hierbas que tus sandalias doran.
Dame el viento del muelle, la mano de tus puentes.

Nueva York, tú me tienes amándote en tus parques
como otra hoja morena en tu viento de otoño.